Complejo de cenicienta
Alicia E. Kaufmann

Si bien en términos generales hablar de dinero, en gran parte de las sociedades constituye un tabú, es más acentuado en el caso de las mujeres. La socialización material proviene de fuentes diversas, desde la estructura social hasta el grupo familiar, pasando por los estudios, la cultura de la organización y de la profesión, donde se alude de diferente forma a los temas económicos.

Tradicionalmente son los hombres quienes han recibido el mensaje de producir, sin embargo, las mujeres han recibido el mensaje contrario o la indicación de que su salario constituya una ayuda para su pareja. Los comportamientos financieros que se han visto y oído durante la infancia, se convierten en hábitos para toda la vida. Muchas veces son los factores emocionales, tales como el miedo, la culpa y la codicia, las que en última instancia rigen las actitudes ante el dinero. En el caso de las mujeres, tradicionalmente, éstas han sido socializadas en el “Complejo de cenicienta” , que Colette Dowling define como:

“Una dependencia psicológica personal, que consiste en el deseo profundo de que otros cuiden de nosotras. Se trata de un complejo entramado de actitudes y temores, largamente reprimidos que han tenido sumido a las mujeres en una especie de letargo y que impide el pleno uso de sus facultades y creatividad. Al igual que las cenicientas, las mujeres han esperado que algo, desde el exterior, venga a transformar sus vidas”

Pero en el exterior las cosas ya han cambiado bastante, aunque eso no sea todavía suficiente. Las mujeres han accedido masivamente al mercado de trabajo, pero no así a los altos cargos.

Entre las mujeres deportistas esto se nota más marcadamente, dado que para conciliar tienen que ocuparse del rol familiar, entrenar muchísimas horas y además prepararse para “el día después”, observándose, según un estudio realizado para el consejo superior de Deportes que los puestos posteriores son muy inferiores a los que podrían ocupar por su capacitación.

Las mujeres para acceder al poder necesitan desarrollar la autonomía, y esta autonomía se juega tanto en el terreno material como en el afectivo. En sus investigaciones sobre la dependencia económica de la mujer, Clara Coria señala, que si bien la mujer accede a un trabajo remunerado (por voluntad o necesidad), esto no significa que se sienta con derecho a poseerlo. Así como en otros colectivos, este dato también se confirma en el ámbito deportivo.

Cuando el tema se trae a colación en entornos de mujeres empresarias aún se escuchan frases tales como: “me da miedo”, “tengo dificultades de negociar”, “basta con que me reconozcan”, constituyen discursos habituales, pero no por ello lógicos.

La mujer deportista ha padecido a lo largo de su desarrollo una prohibición ante la competición. La competitividad ha sido mal vista para las mujeres, no obstante la realidad indica que cuando compiten lo hacen con mucho más intensidad que los hombres.

Se empieza a tomar conciencia, sobre todo en las más jóvenes, de que algunos de los problemas están en ellas, en sus elecciones y también en sus renuncias. Todavía se coexiste con hábitos pasados, que han ido corrosionando la autoestima de las mujeres y con procesos educativos que no las capacitan suficientemente para las exigencias del mundo laboral actual. En ese sentido, en el estudio número 2744 realizado en el año 2008 a nivel nacional, para el Centro de Investigaciones Sociológicas, podemos observar que las referencias al dinero, así como a la importancia de saber generarlo, resultan escasas entre el colectivo femenino.

Cuando se deje de responsabilizar al sistema, al género masculino o a los mandatos familiares, se podrá ahondar en el mundo interno de cada uno y cada una hacer de madrina de si misma, sin esperar que aparezca un salvador/a.

En el terreno educativo tampoco se trata de aquello que podemos hacer por nuestros hijos, sino “lo que se debe dejar de hacer” para que tanto niños y niñas aprendan a bastarse por si mismos. La sobreprotección no resulta el camino más indicado para que los/las jóvenes puedan valerse por si mismos. A las mujeres se les debería inculcar a “hacerse más fuertes” y a los varones a “no sentirse culpables por exteriorizar sus sentimientos”, como en su día fue criticado Federer al expresar sus emociones en público cuando perdió la competición frente a Nadal, en Australia. En lugar de educar en celeste y rosa, aprender a educar en la diversidad de colores para todos y así lograr de verdad una situación de igualdad.

Poco a poco, las mujeres perciben la importancia del dinero como una variable clave para acceder a la propia autonomía. Ya no se trata de compartir la colada, sino de compartir el poder y éste se halla en los entornos financieros. El colectivo femenino puede ser mucho más fuerte si toma conciencia de este hecho. Las mujeres están descubriendo, sobre todo en la arena política, la importancia de lo económico. Sególene Royal y Hilary Clinton, recibieron grandes sumas de dinero para respaldar sus campañas, además de discursos sólidos y diferenciados respecto a sus rivales masculinos. Sin mencionar la capacidad de sobreponerse a los fracasos para volver a intentar recuperar posiciones, como en el boxeo.

Las mujeres no sólo deben tener un nivel de formación acorde con los altos cargos de responsabilidad que tienen que desempeñar, además necesitan demostrar carácter, integridad, valores éticos, claridad y competencia.Las mujeres ya no desean ser copilotos, desean conducir sus propias vidas.

1. Shefrin Hersch, Más allá del miedo y la codicia., México, Oxford university Press, 2000
2. Colette Dowling, El complejo de cenicienta,