La comunicación entre madres e hijas. Juzgada o valorada
Madres e hijas experimentan, a veces, a través del tiempo, dificultades de comunicación. En relaciones tan próximas, resulta inevitable que haya encontronazos. Pero eso no convierte a ninguna de las dos partes en una persona malvada o neurótica. Cuando se trabaja con mapas mentales arraigados, que constituyen patrones de conducta creados en la infancia, y que no tienen nada que ver con el presente, es posible que se deteriore la relación entre ambas.
La madre saludable, genera un vinculo de seguridad y protección para su hija, y le ayuda a volar sola .La impulsa al crecimiento personal y aplaude sus logros.
Se trata de una madre “que escucha” y responde en función de los deseos de la hija, y no de las frustraciones de la madre.

Cuando todo va bien resulta maravilloso. Sin embargo, cuando el vínculo es difícil resulta clarificador establecer tipologías, para identificar las constantes que perturban el vínculo. Distanciarse e identificar los aspectos negativos que se repiten una y otra vez, permitirá comprender la situación en su totalidad y dejar de sentirse tan herida emocionalmente. Los padres o madres que nos parecen inadecuados, son aquellos que no han sido amados, y que tampoco saben amar. Cuando se puede aceptar este hecho, se aprenderá a sobrellevar, de una manera menos costosa, los comportamientos negativos.

Estas líneas están orientadas a las hijas adultas que aún continúan atrapadas en una especie de telaraña con sus madres, repitiendo viejos patrones que no les permiten crecer emocionalmente. El objetivo de esta tipología es conseguir que las hijas comprendan mejor a sus madres, pero sobre todo que se comprendan mejor a si mismas. Haremos mención a tres (o cuatro tipos) de madres, que nos parece se repiten con una cierta frecuencia y que son.

La madre narcisista: su rasgo principal es que está demasiado ocupada en admirarse a si misma y no tiene en cuenta el impacto que sus palabras o acciones pueden tener sobre la hija. Ve a su descendencia como una extensión de si misma, sin darse cuenta que su hija es una persona “diferente”, con otras emociones y necesidades, distintas de las suyas. Aunque las demás personas la consideren como maravillosa, las hijas perciben menosprecios frecuentes.
La narcisista hace que las hijas se sientan profundamente culpables porque habitualmente ha sido indiferente y sus propias necesidades siempre han sido prioritarias. La actriz Marlene Dietrich encajaba perfectamente en este perfil de mujer. María Riva, su hija, cuando describe a su progenitora la presenta como una persona que estaba permanentemente pidiendo el aplauso de los demás.
La hija se sintió culpable toda su vida porque su madre sacrificara parte de su belleza amamantándola. Lo que no es de conocimiento público es que Marlene tuvo una vida muy dura. Tuvo que casarse por imposición con una persona a la que no amaba y que además su marido, era un Don Juan. Este murió tempranamente, dejándola sola a cargo de dos hijas. Luego se caso con un hombre bastante mayor, pero de posición acomodada, por lo que fue bastante criticada. Sus parientes se referían a ella como “una pobre chica”. Teniendo en cuenta estas circunstancias no ha de sorprender que buscase la admiración en su profesión, dado que en su vida cotidiana carecía de ella.
Habitualmente, en un hogar suelen ser las necesidades de la madre las que se imponen, sus necesidades, sus miedos y sus estados de ánimo, suelen ser los que acaparan la atención.

La madre asfixiante: este tipo de madre como contrapartida centra “toda su atención en su hija”, no dejándole espacio para respirar, ni territorio propio.
Suelen ser sobre protectoras, y cada cosa nueva que le sucede a su hija dispara su ansiedad. En lugar de estar encantada, está preocupada, celosa o asustada.
Es la persona que entra en la habitación de su hija adolescente, y tira todo lo que esta quería guardar, con el pretexto de que el cuarto estaba hecho una leonera.
Cuando la hija, enfadada la interpela la madre responde: Solo estaba tratando de ayudar, no ves cuanto te quiero... Su identidad está centrada en el rol de “madre amorosa” y no admitirá ninguna otra explicación por respuesta. Manifiesta una preocupación crónica, llama permanentemente, y cuando la hija no da la respuesta esperada, suele llenarla de culpa. En general se trata de mujeres que no poseen otra identidad que la de madres. Si tuvieran una carrera, un matrimonio feliz u otros intereses, tendrían una vida independiente fuera del hogar y no estarían tan centradas en las hijas.

La creadora de culpas: está bastante vinculada al tipo anterior y su rasgo distintivo es que se aferra a sus privaciones. Suele quejarse de una manera casi permanente de que la menosprecian y de que está sola, aunque “todo el mundo este siempre pendiente de sus necesidades”. Supuestamente, lo único que le interesa son sus hijas, pero si un día estas acuden a ella con un problema, se descompensará y tendrán que llevarla a urgencias. Son las mujeres que no tienen amigas por ser tan absorbentes, que aparentemente centran todo su interés en sus hijos, pero cuando éstos le vienen con algún problema, se las ingenian hábilmente para revertir la situación y convertirse en víctimas. Este tipo de personalidades vierte un enorme peso sobre las hijas. En cambio una madre saludable puede enfocar su vida hacia el desarrollo de sus habilidades y revertir los sufrimientos pasados en logros del presente. El legado de estas madres resulta altamente destructivo, porque piensan solo en ellas. La culpa puede llegar a ensombrecer todos los demás sentimientos y se tiene la sensación que uno debería quedarse siempre a su lado, cuidándola y renunciando a tener vida propia. La hija de la creadora de culpas está inhabilitada para desarrollar el procesos natural de sustituir el apoyo familiar por los éxitos del mundo exterior. Este tipo de mujer, que aparentemente ha sacrificado todo por su hija, la anima de una manera inconsciente, a renunciar a su identidad como mujer y a seguir siendo una niña dependiente, que se queda a su lado. Cuando las hijas desarrollan su propias vidas, las madres se sienten abandonadas y las invade el sentimiento de culpa.

La madre competidora: Cuando Liza Minelli empezó su carrera artística, su madre, la famosa Judy Garland comento “Liza ha comenzado su carrera al estrellato, pero si lo intentara su hermana Lorna, que tiene una voz mejor, seguramente llegaría mucho más lejos... Otras mujeres establecen estas comparaciones, con los hermanos varones. Existen varias categorías de mujeres competidoras. La leona la que brama si algo de lo que ella desea se le cruza en el camino. No hay ninguna tipo de sutilezas, puede humillar a la hija, tanto en público como en privado. Otro estilo es la misma actitud pero oculta tras una sonrisa, no se ven los colmillos. Quizás la más peligrosa sea la del estilo romántico. Crea una imagen de ensueño sobre ella misma y abruma a la hija con lo excepcional que era. Las hijas no pueden comprobar la veracidad de estos relatos, que sin duda resultan abrumadores. Si hablar, de la variable edad, que mientras una envejece la otra florece... Por lo tanto, cualquier éxito de la hija puede causarle a la madre un doble problema: por una parte desafiar su posición de poder y amenazarla con no poder vivir a la altura de sus fantasías. El mensaje de estas madres es “no puedes eclipsarme pero tampoco abandonarme.”
Relata James Espada en la biografía de Judy y Liza, que el día que Liza Minelli debutaba como protagonista, había un teléfono que solo podía ser usado en caso de emergencia y que estaba detrás del escenario. El director se alarmó porque ese teléfono sonó, en el preciso instante en el que Judy entraba en escena. Quien llamo era de parte de la madre, para dejar un recado a la artista y era para decirle que Judy Garland, había intentado suicidarse... En el entreacto, el teléfono volvió a sonar y esta vez lo cogió Judy, quien preguntó se va a recuperar... La respuesta evidentemente fue positiva.

Una de las tareas de las madres consiste en dejar bien claro que su hija hace bien las cosas, quizás mejor que su madre. Ponerle límites, pero haciéndole saber que las posibilidades que tiene son infinitas y que estaría muy feliz si la hija llega más lejos que ella. Animarla a tener “raíces y alas”, que se abra al mundo, que vuele alto, que experimente, que haga nuevas amistades, que crezca sintiéndose cómoda con ella misma y con su entorno. Lograr que no se sienta amenazada cada vez que da un paso hacia su autonomía, o sentir resentimiento donde ella (la madre) fracasó. La buena madre es aquella en la que nos podemos mirar como en un espejo y sentirnos maravillosamente. Esta mirada positiva, constituye la piedra fundamental sobre la cual las hijas construyen su sentido del yo, su identidad de mujer. A través de una buena comunicación en el binomio madre - hija, estas últimas aprenden a sentirse importantes. Las madres saludables, muestra su amor incondicional. Viven los logros de las hijas, como propios por haber aportado su granito de arena, avalándonos con su confianza. Para este tipo de madres, las hijas constituyen el mayor regalo y el centro de satisfacción. Esa es la gran lección que las hijas nunca olvidarán, y que probablemente también será el legado que el día de mañana regalen a sus propias hijas.”