Capital espiritual y responsabilidad social
Por Alicia E. Kaufmann
Cuando mi hijo tenía seis años me preguntó una vez para qué se vive. Era una pregunta compleja para un niño de su edad. Me tomó varias semanas encontrar una respuesta adecuada. Le dije que vivimos para dejar al mundo en mejores condiciones de las que lo hemos encontrado. Durante la adolescencia me volvió a formular el mismo interrogante, esta vez vinculado a su futuro universitario. Le di la misma respuesta, en el sentido de que independientemente de sus estudios, debería conducir su vida de modo tal que marcara una diferencia. Esto me llevó a interrogarme acerca de mi propia aportación, así como las actitudes corporativas marcadas por una fuerte competitividad y orientación material.

La palabra clave es “riqueza”.
Entendiendo por ello, “aquello que nos permite tener acceso a una determinada calidad de vida”. A menudo decimos de la riqueza que supone poseer talento, tener un buen carácter, o simplemente, tener buena suerte. La palabra riqueza en inglés “wealth” proviene de “well” que supone encontrarse bien. Sin embargo la definición del diccionario enfatiza que se trata de “gran cantidad de dinero acumulado”. Por lo tanto la definición habitual consiste en la cantidad de dinero o bienes materiales que se poseen.

Como contrapartida, el capital espiritual consiste en aquello que enriquece los aspectos más profundos de nuestra vida. Se trata de aquellos aspectos vinculados a valores universales, profundos. A motivaciones elevadas que influyen en nuestra vida y trabajo. A partir de esta utilización la palabra espiritual tiene poca relación con la religión o cualquier otro sistema de creencias. El capital espiritual, consiste más bien, en las creencias de una organización vinculadas a la visión y misión. En suma a su responsabilidad social

Muchas vidas se desarrollan en un desierto espiritual, caracterizado por la, falta de compromiso y signicado .La sociedad postmoderna, está marcada por una hipervelocidad, condicionado por el ritmo de las nuevas tecnologías, inhibiendo el pensamiento y dejando que las cosas simplemente ocurran. Zygmunt Bauman denomina a este fenómeno “sociedad líquida”, aludiendo a su falta de consistencia.

Es como si la famosa pirámide de Maslow estuviera al revés dado que en las sociedades occidentales avanzadas la mayoría de las personas tenemos nuestras necesidades básicas cubiertas, no podemos decir lo mismo de las necesidades superiores. Mas low al final de sus días observo la profunda crisis de significado, de la sociedad moderna. Cabría preguntarse si existe otra manera de hacer las cosas. Quienes enarbolan la bandera de la responsabilidad social piensan en una actitud de servicio por parte de las organizaciones. Existen líderes que se animan a mirar por la ventada y además de satisfacer a sus accionistas sirven a la comunidad y tratan de mejorar el planeta. No basta con hacer “pequeñas mejoras”, para mantener la sostenibilidad de la mejora. Se requiere todo un cambio de “paradigma empresarial” y reflexionar la manera en que se pueda gestionar los sistemas de un modo inteligente. Algunas empresas ya han puesto en marcha iniciativas de “capital espiritual” sin incrementar sus costos, sino tan solo poniendo sus infraestructuras a disposición de la mejora social. Por ej. Mohamed Yunnus, premio Nóbel de la Paz, creo la banca de los pobres. Coca Cola puso a disposición del gobierno hindú su red de distribución para repartir la vacuna de la poliomielitis en la India rural.No supuso un gasto extra pero si una mejora importante para el sistema sanitario.

British Petroleum adoptó un lema que reza “más allá del petróleo”. Invirtió grandes cantidades de dinero para desarrollar energías alternativas y reducir los daños de ciertos carburantes. Starbucks, potencia a los cultivadores de café, a quienes paga por encima de la media además de invertir su rentabilidad en hospitales y escuelas. En nuestro país Merck Sharp and Dohme premia las investigaciones sobre cuestiones éticas, Acciona trabaja a favor del medio ambiente y MAPFRE subvenciona a niños en países en vías de desarrollo. Por último añadir que el término “espiritual” proviene del latín y significa “aquello que proporciona vitalidad a un sistema”. En suma añadir el capital espiritual al social, condicionará las mejoras de nuestro entorno y retornando a la pregunta que me había formulado mi hijo, permitirá que tanto personas como organizaciones “marquen una diferencia”.