El arte de escuchar
Alicia E. Kaufmann
Nada resulta más hiriente que la sensación de que no nos escuchan lo que queremos decir. De ahí que lo contrario, “disponer de unos oídos dispuestos a escuchar”, resulte una fuerza tan poderosa en las relaciones humanas. Más de veinte años de experiencia en el campo del comportamiento organizacional me han llevado a la conclusión de que gran parte de los conflictos de la vida se pueden explicar por un simple y triste hecho: en realidad no nos escuchamos los unos a los otros.

Hablar sin escuchar y oír sin comprender es como cortar un cable eléctrico y luego enchufarlo con la esperanza de que funcione. Esto es más o menos lo que sucede en los procesos de comunicación: muchas veces la rompemos y lo más grave es que ni siquiera tenemos conciencia de ello.

En la era de la hipervelocidad, los mensajes que tenemos que atender se han multiplicado. Las presiones han disminuido nuestra capacidad de atención y empobrecido nuestra calidad de vida. Vivimos apresurados: la cena nos la brinda el microondas y gracias a las críticas estamos al corriente de las novedades literarias o cinematográficas. Corremos de una obligación a otra y nos aislamos del mundo que nos rodea. Por tanto, demasiado cansados para hablar y escuchar; decidimos optar por el encanto de los artificios electrónicos, una comunicación unidireccional que nos permite acceder al mundo de la comunicación dando lugar al “síndrome del mínimo esfuerzo”.

Según Castells, el adulto medio de los Estados Unidos ve la televisión unas seis horas mientras que con su familia interacciona unos 14 minutos diarios.
En Japón la media semanal frente al televisor es de ocho horas.
En Europa son tres, que en España se reducen a dos horas al día, según datos del Centro de Investigaciones Sociológicas. El patrón de conducta predominante en las sociedades avanzadas sitúa el consumo de medios de comunicación en la segunda categoría más importante en inversión de tiempo, después del trabajo.

Con el tiempo, esta incapacidad de escuchar, hija del mínimo esfuerzo, se convierte en un hábito e invade nuestras relaciones más preciadas. Se manifiesta a través de respuestas automáticas. Una historia ilustra la insatisfacción de las mujeres cuando el hombre no la escucha. Ella dice todas las mañanas: “lo único que miras es el periódico, apuesto a que ni siquiera sabes si estoy aquí”, a lo que él responde: “por supuesto que sé que estás aquí, eres mi maravillosa esposa”… mientras acaricia la pata del perro, que ella había puesto en su asiento al marcharse de la habitación.
Este estereotipo nos indica que se escucha poco y que existen diferencias entre comunicación afectiva e informativa.
Para la mayoría de las mujeres, el lenguaje es una manera de establecer vínculos y negociar relaciones. Para los hombres, es una manera de mantener su independencia y jerarquía. Desean ser el centro de atención a través de chistes anécdotas e impartiendo información. En general, los hombres se sienten más a gusto hablando que escuchando; se trata del habla pública.
Sin embargo, a nivel privado la situación se invierte; el estereotipo dice que la mujer habla demasiado y que el hombre permanece mudo.

Otra modalidad de no escuchar es la respuesta autobiográfica, en la que otra persona nos comenta su problema e inmediatamente pensamos en el nuestro.
A veces este tipo de escucha se manifiesta a través de dar un consejo no solicitado, interpretar o evaluar a otra persona, cuando lo que han pedido es simplemente “ser escuchados”.
Nuestros corazones interpretan el no ser escuchados como falta de interés o desamor.

Tradicionalmente, tanto en la escuela como en la universidad se ha priorizado el hecho de leer, escribir o hablar en público a escuchar. Se parte del supuesto de que la práctica diaria hace innecesaria una formación, que se trata de una cuestión de inteligencia o agudeza auditiva y que leer es más importante. Se aprende a hablar escuchando. Los bebés balbucean sus primeras palabras escuchando y gracias a ello aprenden a hablar. Sin embargo a medida que pasa el tiempo se va perdiendo esta capacidad. Existen estadísticas que aseguran que el 40% de los problemas en las empresas se deben a una falta de comunicación adecuada.

Escuchar no es tan simple. Para hacerlo debemos olvidarnos de nosotros mismos y priorizar la necesidad del otro. Una regla sencilla es procurar entender, sin ponerse a la defensiva, y escuchar sin dar previamente ningún parecer.

Escuchar es un proceso que puede ir desde ignorar a hacer como que uno escucha, a escuchar selectivamente y/o a escuchar empáticamente. Intentar entender al otro supone un cambio de paradigma muy profundo. La mayoría de las personas no escucha con intención de comprender, tan sólo se preparan para hablar. Constantemente proyectan sus propias películas sobre otras personas.

Muchas veces, nuestras conversaciones se convierten en monólogos y nunca comprendemos lo que de verdad le sucede al otro, ni nos ponemos en su piel. A veces, sólo fingimos que escuchamos.
Sin embargo, la escucha emocional es el nivel más elevado de la comunicación.
Claramente supone el esfuerzo consciente para entender qué está en la cabeza y en el corazón de la otra persona. El arte de escuchar no consiste en estar de acuerdo, sino en comprender profunda y completamente a la otra persona, tanto emocional como intelectualmente.